Juan José Vijuesca, el impuesto de sucesiones

De un tiempo a esta parte lo de morirse se ha convertido en un acto vulgar. No es por hacer lo que todo ser viviente antes o después tenemos obligación de cumplir, es por aquello de la herencia mortis causa y las nefastas consecuencias posteriores que de ello se deriva para muchos de los herederos fuera de la Comunidad de Madrid. Eso, y demás daños irreparables, hacen que lo de salir de este mundo en doliente privacidad se quede en segundo plano para darle todo el protagonismo a la rabisalsera actuación que se reserva Hacienda con respecto a los descendientes más directos de aquél que entregó su alma. Y claro, aquí viene la rebelión de ánimos cuando te recuerdan que si pagas, heredas.

Uno se muere en la creencia de haber hecho lo correcto en vida, es decir, pagar todas las obligaciones tributarias, cotizar 40 años a la Seguridad Social y no dejar ninguna deuda al cónyuge e hijos, si los hubiere. Bueno, pues no es suficiente aunque usted se haya muerto y además tenga el debido justificante que lo acredite. Para Hacienda nunca será suficiente.

El finado que obra con su mejor voluntad, y como suele ser de ley familiar, deja a los deudos su caudal de bienes, resulta para muchos casos un verdadero quebradero de cabeza, pues el problema económico que suscita tener que pagar al fisco por lo heredado hace que los beneficiados, carentes de medios, tengan que renunciar a la dádiva sucesoria al no poder éstos satisfacer los impuestos y demás gastos asimilados al acto testamentario. Y aquí el gran afortunado no es usted, sino el Estado, que siempre está pendiente de que no nos falte de nada.

Hoy en día, en este país, difiere mucho el trato fiscal dependiendo de la región en cuestión, pero esto no evita que haya autonomías que se retroalimenten de los interfectos y hasta de los que vienen detrás en comitiva, de tal manera que superar la tristeza por perder a tus propios deudos se acentúa de manera fatídica al comprobar cómo los bienes cimentados durante toda una vida de sacrificio te los arrebatan, dándote por el lado oscuro de la docencia recaudatoria, y si te he visto no me acuerdo.

Pagar en vida por lo que ya es tuyo no es suficiente. Pagar por morirte, tampoco; y para cerrar el círculo de lo escabroso hay que seguir pagando por lo que no tienes, merced a unas leyes cimentadas, única y exclusivamente, para engullir contribuyentes en un claro ejemplo de canibalismo fiscal. De manera que ser pobre en este país es como pertenecer a la casta de los dalits en la India. La única diferencia es que allí se nace en la desgracia de un aberrante sistema con antigüedad de más de 3.000 años, mientras que aquí son los gobiernos yacentes con sus políticas restrictivas los que privan a los más modestos de tener acceso a lo que por ley natural les corresponde sin más.

Por consiguiente, no se concibe tan cruel, siniestra e injusta política capaz de privar a alguien de lo que por derecho sucesorio ya está más que pagado, como lo es la vivienda habitual de unos difuntos padres. Y no digamos si éstos, en vida misma, pretenden hacer una donación dineraria para ayudar a los hijos en plena crisis, tragedia ésta que, como todos sabemos, ha sido fabricada por los tejedores de la avaricia y la perversión terrenal, pues como les digo, si donas no conduzcas porque Hacienda te sopla parte de tus ahorros, los mismos que siendo tuyos no lo son ni para ti ni para tus hijos. Excepto en Madrid, y a día de hoy, el resto de las Comunidades Autónomas no suelen ser tan generosas.

En resumen, larga vida para pagar, pero no olviden esta máxima: “pago, luego existo, y si no pago, se lo queda el fisco” Ni Luis Candelas en temporada alta. De vergüenza.

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