Heredar en Andalucía es arruinarse y llorar

En los años cincuenta del siglo pasado, Francisco Pacheco Romero fue lo que hoy llamaríamos un emprendedor, un hombre hecho a sí mismo, un currante de tomo y lomo. Montar un negocio en plena posguerra tenía su aquel, y más en un sitio como Jerez de la Frontera, un lugar conocido en el mundo por el vino que elaboran sus bodegas; por los caballos (“en Jerez, o te apellidas Domecq o eres caballo”), y por la notoriedad de su circuito, en el que anualmente se celebra una de las pruebas puntuables para el campeonato del mundo de motos de gran cilindrada. Obligado a trabajar a partir de los 14 años, Francisco empezó con un taller de venta y reparación de bicicletas. Los más viejos del lugar aún le recuerdan yendo en bici a Sevilla a comprar recambios, una auténtica machada que compartía con su amigo Bahamontes. A eso le siguió un pequeño negocio de motos, donde entonces podían encontrarse las marcas de moda, las Bultaco, Derbi y demás. Para promocionar las ventas, a primeros de los sesenta ideó la creación del Moto Club Jerezano, con el que empezó a organizar carreras en el casco urbano, gracias a lo cual se pudo ver por la ciudad a gente entonces tan principal como Ángel Nieto.

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